El amor, un tema favorito en el hombre-.

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sábado, 22 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Hoy todos los periódicos hablaban del fin del mundo. A mis ojos en casa, aparece una copia de uno de los más leídos de la ciudad. Lo agarro, me siento en el mesón de la cocina y lo extiendo como si fuese un mapa. Parece ser que todas las mañanas debajo de la puerta llegan las buenas y las malas nuevas, dándole forma a tantas historias de personas que nunca he visto. Paso las hojas mientras leo los títulos de las noticias, busco mi propio interés en el interés general que con tanto esfuerzo intentan anunciar los periodistas en medio de esas palabras. Mis manos se mueven en un gesto automático acompañando el movimiento de mis ojos. No sé muy bien que mundo estoy mirando, no encuentro las cruces rojas que anuncian el lugar de los grandes tesoros ni las rutas que los barcos pueden recorrer sin ir en una peligrosa contracorriente. Las islas que se pintan en este papel no son más que arenas movedizas para mí, propias de un mundo ilusorio que es capaz de desvanecer la realidad en el acto.

Cierro el periódico y lo dejo en el mesón. Me levanto y camino, le doy la espalda hasta llegar a la frontera que me desprende de ahí. No quiero participar en ese juego cruel sin escapatoria donde se cree que las personas son ideas y que pueden alimentarse, como los padres de Chijiro, de más ideas hasta reventar o convertirse en cerdos sin conciencia. Pero sin más remedio me doy vuelta bajo el marco de la puerta de la cocina. Hay algo que todavía no he visto con claridad. La luz de la mañana cae sobre el periódico abandonado, cómo el dibujo de otro dibujo que está lejos, y tengo la terrible sensación de que todo aquello no está ocurriendo. Mi estómago se retuerce aunque no tengo hambre, un espacio se abre en medio de esta imagen que miro en silencio, hace falta alguna cosa que satisfaga ver. Por un momento creo que busco la reminiscencia más antigua que me dejaste cuando te conocí, pasada la primera noche que hicimos el amor. Fuimos a un restaurante a unas veinte cuadras de casa, te sentaste al lado de la ventana en un banco alto, la mesa era alta y todo alrededor era plateado. Pediste un café y un jugo de naranja, agarraste el periódico de la mañana, me pediste permiso para leerlo sin hablar y yo dije que sí. Pasabas las hojas mojándote los dedos con los labios. Leías todas las noticias, una por una. Yo te miraba en la distancia, una parecida a ésta. Entre el periódico y mis ojos flota algo por su ausencia...e irremediablemente no puedo conectarme si no existe eso que tanta falta hace. Quizás ha pasado ya bastante tiempo desde la última vez que te toqué. Quizás esta imagen me produce vacío por la inmensa pobreza que carga en sí misma. Quizás, al fin y al cabo, el periódico no es igual sin ti. 

Cierro la puerta de la cocina, subo las escaleras de madera hasta el tercer piso, me instalo ahora en lo más alto de la casa. Me veo perdida, no encuentro qué hacer. Agarro la computadora, creo que pudiste haberme escrito algún correo. Me siento agotada, este extravío actúa cómo un virus volcánico que lo inunda y lo arrasa todo en pocos segundos. Tengo deseos de estar en ese lugar que nació dentro de mí cuando se me encendió el cuerpo a causa de algo que me movió y que sentí real. Mientras tanto, las voces silenciosas de la gente se pronuncian en la pantalla violentamente. Una tras otra salen despedidas como cohetes en una lista que no tiene fin ni comienzo, completando y desarmando esta terrible sensación de desamparo. Tal vez el fin del mundo sí llegó.





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