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lunes, 4 de agosto de 2014

Instrucciones para bajar una escalera

El efecto ocurre desde hace quién sabe cuánto. Todo cuerpo encuentra la necesidad de caer. Da igual la distancia a la que se localice la base: la tierra ejerce a través de una inercia invisible un irremediable. Tampoco importa mucho la vestimenta o el color de la piel, la circulación de la sangre o el estado del corazón, los procesos neuronales o el cuidado de la mente. Porque pareciera ser que este testigo inocular somete a lo concreto de nosotros. Participamos en el anonimato (no hay mucho más que decir al respecto), dejando esa tendenciosa necedad por las palabras de más. Lo cierto es que no se llega a conocer del todo.

La salida natural del individuo común es enfrentar a dicha fuerza omnipresente bajo la asistencia de construcciones, huellas del tiempo humano sosteniéndose en pie. Se alzan a largo plazo todo tipo de edificaciones posibles en un ejercicio interminable de reciclaje de paisajes. Y casi todos estos levantamientos tienden a una alternativa sensata bajo una imagen precisa: la escalera. Pliegue por pliegue se desprende el abanico empinado que abre paso. Mientras tanto aparece el sonido, vibra como el pariente de un fantasma, más o menos. Aunque no se escuche nada inteligible, una frecuencia viaja como dunas acuáticas parecidas a las espirales de las orejas. Se amiga el aire con los tímpanos, las cuerdas aquellas donde flota el equilibrio. Es decir que todo está dispuesto sin mucho esfuerzo: la dinámica de la caída organizada antes y después de que el cuerpo se una a la cadencia. Y así, el movimiento entreteje los pedazos de tangibles e intangibles en una concatenación tan estricta como el orden de casi todas las especies de escalones. 

El cuerpo escoge la velocidad y la figura trazada, siempre dentro de los parámetros de esos peldaños decididos a ser recorridos. Pero velocidad y figura son semillas a la vez de un asunto personal e impersonal, de escaleras que parecen intimidades, de cuerpos que parecen certezas. No resta más que continuar. Porque al subir no queda más remedio que bajar.

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