Hace
unos tres meses comencé a tener sueños con el diablo y con la muerte. Básicamente,
no podía dormir, en absoluto. ..inclusive tuve que tomar algo que me adormeciera, o seguir
despierta hasta el otro día. No me sentía capaz de apagar la luz cuando estaba
ya en la cama a punto de dormirme, por un miedo que se encendía dentro de mí al
imaginarme la habitación a oscuras. Me imaginaba mi cuerpo sobre la cama intentando
conciliar el sueño, sin evitar mirar todas las paredes en busca un reflejo o
un rayito de luz que me proporcionara alguna forma, alguna silueta, algunas
líneas divisorias. Luché en contra de su existencia, la luz quedaba encendida hasta la mañana siguiente. Traté de pasar
desapercibida, en fin... los sueños persistían y por un periodo de días
aparecieron cada noche. Estaba desesperada, lloraba por dentro, no quería volver a dormir. Mi mejor amigo era un inútil testigo de mis pesadillas, porque él tampoco sabía qué hacer. Conversábamos por teléfono hasta que lo derrotaba el sueño. Llegamos a compartir la misma casa aún cuando él tenía un lugar compartido con una chica, por mi miedo a ser incapaz de sostener la vigilia sola. Pero inevitablemente había puntos del
día en los que ya no conseguía luchar más, entonces comencé a dormitar en los
colectivos y en el tren. Trataba de mantenerme el mayor tiempo posible de pie,
o desarrollando alguna actividad: no paraba
de pensar, de tratar de comprenderlo. Aún así, cuando había más gente en un lugar
donde pudiera dormir sin ser perturbada por un periodo de tiempo mínimo,
dormía. En casa no podía hacer eso, no había opción: veía muchas películas y leía todo lo que encontrara a mano. Recuerdo que
cerca de esas fechas una amiga me regaló un libro para mi cumpleaños, como caído del cielo. Lo leí
todo en unos 10 días.
Entonces
un día recibí un mail de mi hermano en Bogotá, preguntándome cómo estaba. Y yo
me animé a contarle uno de mis sueños. Mi hermano me contestó: “Felicitaciones por
esos sueños, Vía. Yo sé que pueden ser terroríficos pero también veo que su
alma es capaz de recibirlos y por eso los recibe. No le diría que los disfrute,
pero sí que los viva a plenitud y se deje hablar por el sueño. ¿Quién es el diablo? Para mí es una parte de mí mismo; Su Diablo no es el Mío, ni el de nadie
más. Por cómo hemos sido educados y por el momento y el lugar en el que vivimos
hacemos distinciones entre lo bueno y lo malo, cuando en realidad ambos son una
misma cosa que convive y tiene muchos rostros, no solamente el de una figura
religiosa. El Diablo le está diciendo en sus sueños que existe, que está acá,
que se ríe y se burla porque nadie se lo impide y que es capaz de interrumpir y
diluir el castillo que usted ha construido. ¿Cuál es el lugar de él en el mundo
de una joven mujer cineasta como usted? Pues poniendo a hervir el caldero con
todas las fuerzas creativas, Vía: hay que hacer cosas concretas y llevarlas al
mundo, hacer de los deseos realidades y de las ideas cosas concretas, productos
concretos que puedan verse y compartirse con los demás. Solamente podemos
llamar vivo aquello capaz de autodestruírse. Está tensa antes estas ideas
porque teme que después del caos no llegue un nuevo cosmos, un nuevo orden;
pero está bien, Vía: siempre pasa algo nuevo. No se angustie
más. Usted tiene un alma maravillosa. Si sus ángeles son grandiosos no espere
menos de sus diablos. La quiero mucho.”
Así
que escribí, escribí mucho. Tuve los bosquejos de lo que serían luego alrededor
de cinco personajes. Me dediqué a desarrollar personajes que estuvieran
solos en medio de una crisis, contextualizándolos en un espacio en donde
hubiera pocas posibilidades de accionar.
Tuve suerte, o tal vez mi hermano tenía razón y mi alma estaba lista. Había mucho que explorar y que sacar, los temas que me presentaba la vida cotidiana
concordaban con eso y se dejaban trabajar, los sueños eran barro, lo terrorífico dejó de ser
sueño al final.
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