El amor, un tema favorito en el hombre-.

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lunes, 4 de agosto de 2014

Instrucciones para bajar una escalera

El efecto ocurre desde hace quién sabe cuánto. Todo cuerpo encuentra la necesidad de caer. Da igual la distancia a la que se localice la base: la tierra ejerce a través de una inercia invisible un irremediable. Tampoco importa mucho la vestimenta o el color de la piel, la circulación de la sangre o el estado del corazón, los procesos neuronales o el cuidado de la mente. Porque pareciera ser que este testigo inocular somete a lo concreto de nosotros. Participamos en el anonimato (no hay mucho más que decir al respecto), dejando esa tendenciosa necedad por las palabras de más. Lo cierto es que no se llega a conocer del todo.

La salida natural del individuo común es enfrentar a dicha fuerza omnipresente bajo la asistencia de construcciones, huellas del tiempo humano sosteniéndose en pie. Se alzan a largo plazo todo tipo de edificaciones posibles en un ejercicio interminable de reciclaje de paisajes. Y casi todos estos levantamientos tienden a una alternativa sensata bajo una imagen precisa: la escalera. Pliegue por pliegue se desprende el abanico empinado que abre paso. Mientras tanto aparece el sonido, vibra como el pariente de un fantasma, más o menos. Aunque no se escuche nada inteligible, una frecuencia viaja como dunas acuáticas parecidas a las espirales de las orejas. Se amiga el aire con los tímpanos, las cuerdas aquellas donde flota el equilibrio. Es decir que todo está dispuesto sin mucho esfuerzo: la dinámica de la caída organizada antes y después de que el cuerpo se una a la cadencia. Y así, el movimiento entreteje los pedazos de tangibles e intangibles en una concatenación tan estricta como el orden de casi todas las especies de escalones. 

El cuerpo escoge la velocidad y la figura trazada, siempre dentro de los parámetros de esos peldaños decididos a ser recorridos. Pero velocidad y figura son semillas a la vez de un asunto personal e impersonal, de escaleras que parecen intimidades, de cuerpos que parecen certezas. No resta más que continuar. Porque al subir no queda más remedio que bajar.

sábado, 22 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Hoy todos los periódicos hablaban del fin del mundo. A mis ojos en casa, aparece una copia de uno de los más leídos de la ciudad. Lo agarro, me siento en el mesón de la cocina y lo extiendo como si fuese un mapa. Parece ser que todas las mañanas debajo de la puerta llegan las buenas y las malas nuevas, dándole forma a tantas historias de personas que nunca he visto. Paso las hojas mientras leo los títulos de las noticias, busco mi propio interés en el interés general que con tanto esfuerzo intentan anunciar los periodistas en medio de esas palabras. Mis manos se mueven en un gesto automático acompañando el movimiento de mis ojos. No sé muy bien que mundo estoy mirando, no encuentro las cruces rojas que anuncian el lugar de los grandes tesoros ni las rutas que los barcos pueden recorrer sin ir en una peligrosa contracorriente. Las islas que se pintan en este papel no son más que arenas movedizas para mí, propias de un mundo ilusorio que es capaz de desvanecer la realidad en el acto.

Cierro el periódico y lo dejo en el mesón. Me levanto y camino, le doy la espalda hasta llegar a la frontera que me desprende de ahí. No quiero participar en ese juego cruel sin escapatoria donde se cree que las personas son ideas y que pueden alimentarse, como los padres de Chijiro, de más ideas hasta reventar o convertirse en cerdos sin conciencia. Pero sin más remedio me doy vuelta bajo el marco de la puerta de la cocina. Hay algo que todavía no he visto con claridad. La luz de la mañana cae sobre el periódico abandonado, cómo el dibujo de otro dibujo que está lejos, y tengo la terrible sensación de que todo aquello no está ocurriendo. Mi estómago se retuerce aunque no tengo hambre, un espacio se abre en medio de esta imagen que miro en silencio, hace falta alguna cosa que satisfaga ver. Por un momento creo que busco la reminiscencia más antigua que me dejaste cuando te conocí, pasada la primera noche que hicimos el amor. Fuimos a un restaurante a unas veinte cuadras de casa, te sentaste al lado de la ventana en un banco alto, la mesa era alta y todo alrededor era plateado. Pediste un café y un jugo de naranja, agarraste el periódico de la mañana, me pediste permiso para leerlo sin hablar y yo dije que sí. Pasabas las hojas mojándote los dedos con los labios. Leías todas las noticias, una por una. Yo te miraba en la distancia, una parecida a ésta. Entre el periódico y mis ojos flota algo por su ausencia...e irremediablemente no puedo conectarme si no existe eso que tanta falta hace. Quizás ha pasado ya bastante tiempo desde la última vez que te toqué. Quizás esta imagen me produce vacío por la inmensa pobreza que carga en sí misma. Quizás, al fin y al cabo, el periódico no es igual sin ti. 

Cierro la puerta de la cocina, subo las escaleras de madera hasta el tercer piso, me instalo ahora en lo más alto de la casa. Me veo perdida, no encuentro qué hacer. Agarro la computadora, creo que pudiste haberme escrito algún correo. Me siento agotada, este extravío actúa cómo un virus volcánico que lo inunda y lo arrasa todo en pocos segundos. Tengo deseos de estar en ese lugar que nació dentro de mí cuando se me encendió el cuerpo a causa de algo que me movió y que sentí real. Mientras tanto, las voces silenciosas de la gente se pronuncian en la pantalla violentamente. Una tras otra salen despedidas como cohetes en una lista que no tiene fin ni comienzo, completando y desarmando esta terrible sensación de desamparo. Tal vez el fin del mundo sí llegó.





miércoles, 24 de octubre de 2012

El diablo se presentó


Hace unos tres meses comencé a tener sueños con el diablo y con la muerte. Básicamente, no podía dormir, en absoluto. ..inclusive tuve que tomar algo que me adormeciera, o seguir despierta hasta el otro día. No me sentía capaz de apagar la luz cuando estaba ya en la cama a punto de dormirme, por un miedo que se encendía dentro de mí al imaginarme la habitación a oscuras. Me imaginaba mi cuerpo sobre la cama intentando conciliar el sueño, sin evitar mirar todas las paredes en busca un reflejo o un rayito de luz que me proporcionara alguna forma, alguna silueta, algunas líneas divisorias. Luché en contra de su existencia, la luz quedaba encendida hasta la mañana siguiente. Traté de pasar desapercibida, en fin... los sueños persistían y por un periodo de días aparecieron cada noche. Estaba desesperada, lloraba por dentro, no quería volver a dormir. Mi mejor amigo era un inútil testigo de mis pesadillas, porque él tampoco sabía qué hacer. Conversábamos por teléfono hasta que lo derrotaba el sueño. Llegamos a compartir la misma casa aún cuando él tenía un lugar compartido con una chica, por mi miedo a ser incapaz de sostener la vigilia sola. Pero inevitablemente había puntos del día en los que ya no conseguía luchar más, entonces comencé a dormitar en los colectivos y en el tren. Trataba de mantenerme el mayor tiempo posible de pie, o desarrollando alguna actividad: no paraba de pensar, de tratar de comprenderlo. Aún así, cuando había más gente en un lugar donde pudiera dormir sin ser perturbada por un periodo de tiempo mínimo, dormía. En casa no podía hacer eso, no había opción: veía muchas películas y leía todo lo que encontrara a mano. Recuerdo que cerca de esas fechas una amiga me regaló un libro para mi cumpleaños, como caído del cielo. Lo leí todo en unos 10 días.

Entonces un día recibí un mail de mi hermano en Bogotá, preguntándome cómo estaba. Y yo me animé a contarle uno de mis sueños. Mi hermano me contestó: “Felicitaciones por esos sueños, Vía. Yo sé que pueden ser terroríficos pero también veo que su alma es capaz de recibirlos y por eso los recibe. No le diría que los disfrute, pero sí que los viva a plenitud y se deje hablar por el sueño. ¿Quién es el diablo? Para mí es una parte de mí mismo; Su Diablo no es el Mío, ni el de nadie más. Por cómo hemos sido educados y por el momento y el lugar en el que vivimos hacemos distinciones entre lo bueno y lo malo, cuando en realidad ambos son una misma cosa que convive y tiene muchos rostros, no solamente el de una figura religiosa. El Diablo le está diciendo en sus sueños que existe, que está acá, que se ríe y se burla porque nadie se lo impide y que es capaz de interrumpir y diluir el castillo que usted ha construido. ¿Cuál es el lugar de él en el mundo de una joven mujer cineasta como usted? Pues poniendo a hervir el caldero con todas las fuerzas creativas, Vía: hay que hacer cosas concretas y llevarlas al mundo, hacer de los deseos realidades y de las ideas cosas concretas, productos concretos que puedan verse y compartirse con los demás. Solamente podemos llamar vivo aquello capaz de autodestruírse. Está tensa antes estas ideas porque teme que después del caos no llegue un nuevo cosmos, un nuevo orden; pero está bien, Vía: siempre pasa algo nuevo. No se angustie más. Usted tiene un alma maravillosa. Si sus ángeles son grandiosos no espere menos de sus diablos. La quiero mucho.”

Así que escribí, escribí mucho. Tuve los bosquejos de lo que serían luego alrededor de  cinco personajes. Me dediqué a desarrollar personajes que estuvieran solos en medio de una crisis, contextualizándolos en un espacio en donde hubiera pocas posibilidades de accionar.
Tuve suerte, o tal vez mi hermano tenía razón y mi alma estaba lista. Había mucho que explorar y que sacar, los temas que me presentaba la vida cotidiana concordaban con eso y se dejaban trabajar, los sueños eran barro, lo terrorífico dejó de ser sueño al final.