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miércoles, 10 de octubre de 2012

La carrera de Mai

Mai no puede concentrarse, de hecho ha sido víctima de su mente por varios turbulentos meses que corren consecutivamente en la pálida línea del tiempo de su vida. Se empecina en el estrecho sendero del calendario dígito a dígito y los días de Mai hasta este momento se parecen a las carreras de caballos, donde el público apuesta inútilmente. Es de imaginar que funciona con dos parches a los costados de la visión, cada competidor desgasta sus cascos en el intercalado y consecutivo movimiento de sus miembros. Mai lo reconoce y no lo reconoce todavía, su escueta voluntad se disgrega como la arena de las pistas en el estadio, por todas y por ninguna parte. Si tiene un buen día y decide ir a la cama temprano, alcanza en el sueño la cima: sentarse en el primer palco a ver la carrera. No es precisamente el tiempo donde puede aparecer Mai en presencia de esos ojos de Mai, aunque en un centímetro de tiempo tiene la capacidad de volver con el sonido típico que produce la conjunción vespertina de esa figura geométrica en la pantalla de su máquina contestadora. Entonces el contraste del sol se dibuja con furia sobre las líneas divisorias de los caminos para la competición, Mai tiene una oportunidad. Pero su andar titila tanto, sus palabras se vuelven tan invisibles que Mai corre al lavabo para comenzar el día, el estadio se aleja y sigue siendo el caballo que inevitablemente ha de ser.

"La gente cree lo que quiere creer", dice Mai a la mesa mientras la espesa mermelada de mora corre por su cuchillo, dejándose caer con lentitud sobre el pan tostado que nunca le queda bien a Mai. Observo su rostro lleno de cicatrices temporales y sueños incómodos que no han podido desaparecer del todo a causa de la cocción que está demás, escucho con atención la frase que bautiza su día tan contrastante con el dulce, capa arriba presencio sus ojos verdes bañados en el líquido tibio que sólo puede gestarse dentro de nuestras sábanas compartidas, y este paisaje me hace recordar un gran concierto que vi alguna vez donde todos los músicos cargaban sus instrumentos en silencio mientras el director dirigía sus ojos a las hojas blancas de una gran sinfonía invisible: la utopía de la música en donde el silencio no existe. Recuerdo la pantalla plana de varias pulgadas en donde vi aquella escena extraterrestre, recuerdo las bocas abiertas de la gente a mi alrededor, recuerdo que Mai cree en el silencio, recuerdo que es mi vida y que aún con sus tormentosas carreras no dejaré este lugar al otro lado de la mesa.

"¡Buenos días, Mai!", exclamo riéndome, y su discurso comienza a gestarse con eso, volviendo a descubrir el ensayo de sus pensamientos, las posibles combinaciones de su imaginación, las teorías que irán a la basura luego, cuando ocurra verdaderamente algo en el alma de Mai y se haga, por sí, salir de ese cuerpo carcelero. "La experiencia es lo único que tenemos", dice con tanta fascinación la Mai contradictoria, cómo quien consigue una victoria en un lapso de tiempo irreversible, en una cúpula dorada. Entonces Mai sale de escena y su rutina la lleva a cuestas por la puerta de casa, se despide con un beso que flota por el aire hasta mis labios en espera de su llegada, y expectante me quedo con el fuera de campo que perdí. Su cuerpo es un sueño, puede ser satisfecho o no con un acierto de la experiencia, con ese personaje impreciso para el termómetro categórico de Mai.

Así han pasado dos meses, ese beso viajero recorre el espacio del aire a cámara lenta, y mientras tanto yo sigo esperando sentado el regreso de Mai. "Las cosas caen por su propio peso", dice mi más tierno amigo cuando hablamos por teléfono, pero parece que este enamoramiento voló tan alto en el aire que todavía no me han caído encima todas sus toneladas. El día que suceda espero que sea deprisa, los golpes certeros me van mejor. "Pero vos estás loco...no te quedes esperando", mi amigo repite a veces en serio y a veces en broma. No sé por qué, pero tengo la sensación de que ese beso no se ha detenido, tampoco ha muerto, tampoco ha sido una ilusión. Está cambiando en un realenti que preservará cada instante en momentáneo de mi cuerpo mirándolo, así que si lees esto por ahí, Mai: no me dejes caer contra la asquerosa realidad de tu ausencia. Yo no dejaré este lugar, al otro lado de la mesa.




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