Luia se fue a Londres en cuanto pudo. Yo salí también corriendo de allí, espantado. Ahora me encuentro aquí, pero este lugar es igual de terrorífico. Mi memoria es mi gran enemigo y ya nada puede hacerse: las imágenes que vi las llevo escritas en el cuerpo. Al llegar al hotel me atendió una viejita con la espalda encorvada. Su voz era dulce, muy dulce. En el mostrador se movía un caballo diminuto, artífice de porcelana, meneándose en el compás de su propio equilibrio. Los muebles son antiguos, las paredes comienzan a desmoronarse a causa de la humedad. Es un hotel en medio de la nada. Los campos que se encuentran a su alrededor son todos muy verdes y al fondo las montañas componen un paisaje sobrio, típico europeo. La entrada del hotel está construida con la madera de un roble viejo, grueso y resistente, lleno de pequeñas cicatrices.
Cuando entré no había nadie en el mostrador. Atravesé el portón y sin darme cuenta hice caer con mi cuerpo un jarrón alto que hacía de guardían. Me di vuelta: ya todos los pedazos estaban resquebrajados en el piso. Ese sonido se confundió con otro, y así. Al final en la lejanía la voz de la viejita me llevó. Hasta instalarme en mi habitación se cubrió con una larga sinfonía de destrozos, en medio de una música salvaje que solamente yo podía escuchar. Una ventana nueva se extendía en el centro de la pared más alta de la habitación: sus bordes estaban oxidados, carentes de color. La vista es similar a la anterior, no encuentro ninguna diferencia. El marco me da señales de la realidad, de algo que sostiene este paisaje, este estadio de locura. Huyo de nuevo para librarme de esta nueva multitud que me habita.
Luia retumba en mi cabeza, su última mirada llena de desaliento. Me siento en la cama. El colchón es viejo, poros de polvo salen de los resquicios entre sus telas y el armatroste que lo sostiene. Las sábanas son pálidas, las cobijas a cuadros son carrasposas y tienen el mismo olor de hace muchísimos años. "Me refiero a cierta paz", me insiste Luia. Me llevo los dedos a las cienes, dibujo circuitos circulares presionando las venas, tratando de apaciguar la presión. "Vámonos a un lugar donde están ausentes estos pensamientos, te lo pido por favor", repite Luia, una y otra vez. Me dejo caer derrotado: dar vueltas no funciona siempre. Miro arriba, aquí abajo hay senderos negros. Si el techo es tan bonito, creo que podría perderme en él. " Me inquieta imaginar que puede pasar mucho tiempo antes de volver a verte". Luia, los hechos jugaron un papel irreductible. Luia, no me puedo negar que, tal vez, sea lo mejor. Luia, nuestro amor está tan ciego como lo que cargaba tu presente, como lo que cargan tus recuerdos. Puede ser conveniente, quizás, no usar más las palabras, creer por fin en el cuerpo. Pero no me gusta pensar al mundo sin remedio.
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