Este es el diario del capitán Sierra, un prisionero de los mares. Su vida ha estado anclada a un timonel circular que no deja de girar. Gira en todas direcciones, como le conviene. No se distancia de su centro, tanto es así que nunca aprendió a escribir ni a leer, ni atizó otra distracción para la mente. Su inteligencia radica en las mareas, en el comportamiento de la naturaleza. Él sabía de la existencia de esta profesión sin misericordia por el presente. Odiaba aquellos que escribían acerca de sus viajes y aventuras sin haber probado primero por ellos mismos el sabor de la vida que trae el mar. Aunque para mí los dos espíritus no son tan disímiles uno del otro: el mar está tan crucificado como la escritura poética, o al menos su carácter más idéntico. Es así cómo conseguí el afecto del capitán Sierra, exponiéndole abiertamente mis reflexiones. Gané su respeto y el ganó el mío. Sólo a mí podía verme escribir y limitarse a hacer una mueca de asco, nada más que eso. Me preguntaba imperioso qué era lo que tanto escribía, y yo le decía que escribía poesía. Se iba con un resoplido, sin mirar hacia atrás. A los otros que conocí parecidos a mí, ellos que también tuvieron la fortuna de conocerlo y que también dedicaban su tiempo libre a la escritura, los llevaba junto al mástil mayor luego de haber observado con atención sus reflexiones. Los hacía desnudarse, les tapaba la boca con un trapo y les clavaba un arpón en medio del vientre. Siempre fue un hombre de una sola palabra, y aquel que intervenía en su tripulación sin una opinión firme o que quería robarle su presente describiéndolo o tomándole entrevistas de su vida, lo condenaba a muerte. Puede parecer un poco radical, de una actitud errática, pero como les he dicho: el capitán Sierra siempre fue hombre de una sola pieza.
Así que queda claro: este diario no tiene el propósito de describir maravillosas aventuras, engaños, o descubrimientos de incontables tesoros. Tampoco es un diario de amores en el que se incluya cada amante que pasó por los estrechos y velludos brazos del capitán Sierra. No cuenta, del mismo modo, encuentros con criaturas temerarias en las que el capitán salió bien librado o laureado como un héroe. Mucho menos habla de una creencia cualquiera que defendió hasta sus últimos días, porque para empezar, el capitán Sierra todavía vive. Ha estado desaparecido en razón de las autoridades por poco menos de 20 años, pero no hay duda de que sigue con vida allá adentro en el mar. Lo ven con frecuencia los marineros del Atlántico, habitando las palmeras de isla en isla, de barco en barco. Lo escuchan cantar, hablar solo. Cuando tienen contacto directo con él, les pide dinero o botellas de ron. Es un gran aventurero, dueño de su propia libertad. Algunos dicen que se ha vuelto loco, inventan historias de cómo ha perdido la cabeza, pero yo no me lo creo: hay una historia sustanciosa que lo prueba.
La mirada del capitán Sierra acerca de ir a la deriva empezó a inmacularse desde lo que le pasaba con la marea, no con los puertos. La locura siempre ha sido prisionera de las historias de las personas en un condenado flujo de causa y efecto. Todo lo que no puede tener cabida en un puerto, es considerado locura. Los desbordamientos de cualquier clase son cruelmente condenados. Las personas se aglutinan en los puertos, estructuran una vida en torno a mercados, instituciones de ley y de bienestar, de núcleos familiares y compañeros de trabajo. Así, los puertos han sido y serán el hábitat propicio para la penetración de los humanos a aquello que no puede comprenderse: el mar. Cuando hay locura en la gente, hay enemistad con el mar. No importa qué palabras se utilicen para describir eso indescriptible: el capitán Sierra pudo comprender esto a corta, mediana, y avanzada edad. Su sensación era la misma, sin importar qué palabras se escogían para describir el misterio. Cada año que pasaba el capitán Sierra empleaba menos palabras, año tras año sus frases eran menos. Hasta que su expresión se tradujo en palabras inconexas que iban soltando por ahí sus colores, como luciérnagas que titilan intermitentes sobre la oscuridad de una densa noche.
Desde su cuerpo, el capitán Sierra lograba identificar el estado del mar. Las palabras no tenían cabida ahí, pero aseguro que era un gran acontecimiento estar en presencia de ese cuerpo que resonaba con el mar. El agua dulce de los grandes ríos, el agua salada de los mares, los animales vivientes en la profundidad oscura, las costas lejanas que todavía no podían divisarse: todo eso era el reflejo de su cuerpo; era el simulacro de un gran farol que sorprendía a todo movimiento circunscrito, sin importar cuál oscuro fuera. El capitán Sierra decía constantemente: "Todo se mueve, siempre, en todo momento. Algún día el hombre podrá conocer esto, pero no será por sí mismo. Necesitará ayuda. Hasta que un día todo se mueva de tal manera que las cosas se detengan. Ahí sí estaremos todos fritos". Lo repetía palabra por palabra en medio de las conversaciones importantes. "Los puertos son lugares fantasmas que van cambiando", decía con las pupilas abiertas. Recuerdo sólo estas palabras suyas. Más recuerdos tengo de los gestos de su cuerpo que, dependiendo de la ilusión que describía, se movía de una forma u otra. Porque el capitán contaba grandes historias y luego reafirmaba con certeza que todo era una gran ilusión: no sólo el cuento que contaba, también su propia vida, el barco, los puertos, la vida del que escuchaba. Esto le producía satisfacción, una satisfacción que el raciocinio de los hombres que lo rodeaban nunca pudo alcanzar.
El capitán comenzó a develar el gran cosmos acuático que temblaba en este mundo poblado de océanos. Con los años acumuló el silencio que describía a la perfección todas las maravillas que había conocido su corazón. Cuando arribábamos a un puerto, el capitán Sierra no se mantenía con los dos pies en suelo firme: caminaba sin parar, buscando lo que iba buscando, inspeccionando el puerto con la mirada, atento a los hombres que habitaban en él. No hizo amigos en ningún puerto pero se ganó el respeto de todos. Caminaba seguro de sí mismo sin dejarse convencer de los fantasmas que le ofrecían mercadería o diversión bajo sus espesas ilusiones de vida. Cual muñecos embrujados que cobraban vida, los ojos del capitán Sierra transformaban el cuerpo de la gente por espíritus perdidos en las aparentes estructuras y seguridades de la vida cotidiana. Se quedaba en tierra el tiempo absolutamente necesario, supongo que creía que quedarse ejercía algún misterioso poder sobre sus actos. Luego volvía a lo concreto, montaba en su barco y en la deriva se perdía. Memorizó el mapa de los sonidos del agua, el quehacer de cada ola, los animales que apresuraban las burbujas y reflejos. El capitán, en fin, se distinguía por el terrible anhelo del mar que en todo momento cargaba su cuerpo.
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