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lunes, 6 de agosto de 2012

La desintoxicación

La última semana caí en cama a causa de una faringitis aguda que no me deja dormir. No es usual que me enferme, tengo un cuerpo fuerte y una potente voluntad. Mi esposa ha estado viajando de ciudad en ciudad durante el último mes, no he tenido tiempo de hablar con ella. Podría escribirle, pero me aburre el mundo virtual. Preferiría recibir una llamada suya, escuchar su voz en la mitad de la noche, despertarme de las constantes pesadillas con su respiración al otro lado del auricular, dejar que me arrullen los relatos de sus viajes. No hemos sido una pareja común y corriente, pero no puedo quejarme: mi libertad está intacta tal como yo la concebí, desde las primeras concepciones de las ideas que inventé sobre lo que sería yo mismo en un futuro. Mi mujer ha superado con creces las fantasías que tuve acerca de una compañera mía. No tenemos problemas económicos, aún cuando los dos trabajamos por cortos periodos de tiempo durante el transcurso de un año. El mantenimiento de casa nunca nos ha hecho discutir, los dos somos personas desatentas y sentimos cierto afecto por el caos. He tenido suerte, es cierto, pero ahora encuentro en mi una sensación de vacío. Mi espíritu está hueco como lo hondo de un pozo lleno de piedras insonoras, construido en una época antigua, con paredes de 50 metros hacia abajo. El sol aparece en un ritmo intransigente y me ofrece un par de horas solamente. Con él, tengo la oportunidad de contemplar los reflejos de la luz en las cosas. Luego todo se esfuma, encuentro mi cama llena de sudor, mi cuerpo hirviendo en fiebre y la falta del cuerpo de mi esposa.

Detesto estar así, mi enfermedad me molesta y no me deja en paz. Tengo los nervios de punta, no puedo concentrarme en el trabajo que me he traído a casa, siento necesidad de comer de más y quedarme acostado por horas, perdiendo el tiempo, viendo la televisión o visionando pesadillas en mis sueños. No entiendo cómo aquellas personas que se adolecen con todo tipo de males, día de por medio, pueden vivir así, en agonía. La mesita de luz está repleta de medicamentos y recetas médicas, pero aún algo va más allá del raciocinio. De repente, un nuevo camino que (no importa cuál posible sea su interpretación) me divide. Tengo una detestable sensación de incertidumbre, ¿debo hacer algo o debo esperar?, la molestia de dirigirme al hospital con esta incertidumbre entre el cuerpo. Mi cuerpo me detesta y yo detesto mi cuerpo, aunque pareciera ser algo no recomendado por los médicos.

Suena el contestador: "Las casualidades no existen", dice mamá por el teléfono a cientos de kilómetros de distancia, "Cuídate y trata de no estar solo. Si necesitas algo, es mejor que estés acompañado, llámame, ¡vamos! No puede ser tan malo que esté junto a ti en un momento difícil...bueno, espero que pienses en lo que te digo, te amo", y cuelga. Ya no recuerdo por qué no levanté el auricular, o porque mamá me dice palabras que le son tan impropias: desperté otra vez bañado en sudor, tal como los últimos tres días donde he viajado por una fiebre que se mueve entre los 37 y los 40 grados. Me siento afortunado de haberme enfermado en invierno, no hay nada más patético que caer en cama cuando hay celebraciones por la primavera o vacaciones de verano, se siente uno más solo viendo la alegría ajena. Tengo alucinaciones cuando tengo fiebre, es una costumbre familiar: mamá me contaba que desde muy chica confundía las sombras de su habitación con demonios de sus pesadillas. Mi abuela creía que inventaba su miedo para poder dormir con el abuelo que la amaba tanto, así que la empujaba hacia su habitación de terrorífica vigilia o muerte de ensueño, cerrando la puerta con candado. "Intenta disfrutar tus alucinaciones y pesadillas, hijo: es mejor que el mal esté invitado a toda fiesta que hagas, a todos tus paisajes interiores, hasta que se evapore por sí mismo. De lo contrario, será difícil navegar. terminarás hundido".

Cuando el virus me da tregua, ingiero un poco de alimento. Me levanto de la cama y doy unos pasos con los pies descalzos sobre el piso de madera. Pero no siento que el piso me invada de frío por los circuitos nerviosos de mis pies, veo que ocurre lo contrario: yo intensifico la temperatura del suelo, mi camino dibuja un sendero infernal. Regreso tan rápido como puedo. Como algo ligero y en la cama, tapado hasta el pecho. Esos frutos me hacen ir hacia mamá y mi mujer. Sus dos sonrisas se dibujan como una especie de puentes que aligeran el paso encima de un río. En mi vida la voz de mi padre tiene una única frase: "Lo único que no se devuelve son los ríos". Para entender cosas que no entendía salía de casa, caminaba dos horas hacia el riachuelo. Llegaba allí y me quitaba las ropas de la mujer, experiencia tan distinta a la mía. Me zambullía de un salto al mirar: lo diferente, la corriente interminable y sin retorno. Entonces en medio del salto entre el agua y la tierra, una sombría certeza se reía de mi a las orillas. Del río tenía forma humana, pero su expresión de burla en tierra era tan filosa como un felino. Al acecho se reía de mi con todos los dientes al aire, señalándome ante la naturaleza como su próxima presa. Su risa carecía de sonido. Lo imperceptible petrificaba todo lo que andara en el aire, incluyendo mi cuerpo. El puente de mis mujeres amadas. A unos cuantos centímetros yo era ya un paraíso lejano. Una posibilidad marchita flotaba en algún humor que quizás apaciguara el bit de mi corazón. El sonido suspendido del agua en mis manos me llevaría. Entonces de nuevo el puente, bajo el dominio de la banda sonora de la silueta sombría que me atestigua, cada vez que hay un mundo de agua y salto. La muerte del sueño, la muerte de la vigilia: los ríos que no pueden devolverse.

Mis ojos no consiguen distinguir las siluetas de las cosas cuando despierto. Mi visión compuesta de puntos inmaculados, unos sobre otros, me llevan a conjugarlo todo en un agujero negro. Me levanto de la cama y me veo a mí mismo temblando de frío, gimiendo de miedo. Se me sale el veneno por los poros. Mi cuerpo en cama, mi reflejo en la distancia. Me retuerzo entre las sábanas. Me pregunto cómo llegaré a adueñarme de nuevo de esa carne que he habitado tanto tiempo. Las cavernas del mundo retumban en mi interior, ninguna máquina puede curarme de aquello, moriré y quedaré suspendido en medio de una risa malvada, en medio de un mundo de agua y salto. "No hay necesidad de pelear", dice mamá, "intenta disfrutar de tus pesadillas". El auricular del teléfono reposa sobre la mesita de luz. Tal vez estoy hablando con mi madre desde hace horas, y todo esto es un presagio de la cura que se acerca. Desconozco muy bien cuál es la enfermedad que padezco, el salto que me debo. Mi esposa me sonríe con su tiquet de aeropuerto. Si, cierro los ojos. La muerte viene y va por un desierto. Soy un murciélago incapaz de distinguir su forma. Me escondo entre la arena. El demonio organiza. Mis ideas, mi esposa está de viaje, mi garganta, mi madre al teléfono, mi fiebre que quizás podré organizar mejor. En unos días, no lo sé, esta enfermedad me dejará en paz. Hay un túnel trazado hasta lo hondo de un pozo, ahora dándome paso entre la arena. Mi sudor calma el calor desértico. Me encontraré ahí para cuando baje el día. Mis palabras se irán a navegar. Me queda la risa nada más, las dos horas del sol donde las cosas se completan con sus reflejos.

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