La primera vez que Elizabeth subió la montaña tenía alrededor de quince años. Su madre y yo coincidimos en no revelar la fecha exacta de su nacimiento, más por la circunstancia que otra cosa. Aún así, el escenario donde vivíamos era algo inútil: distraer la terrible percepción de Elizabeth era un desafío. Los pobladores de estas tierras jugaron un papel importante para llevarlo a cabo, porque ya tampoco tenían recuerdos de cuándo había nacido: desde lo alto de la montaña, el viejo curandero Emilio pobló a la aldea de una niebla que disipó el primer día de vida de mi hija. El curandero Emilio nos anunció que debía ser así puesto que todos ellos habían tenido la misma suerte: no se tenía a ciencia cierta el nacimiento de nadie. Mi mujer y yo no objetamos nada al respecto. Las épocas siguientes fueron cortinas de seda que se iban lentamente instalando en la vida, Elizabeth comenzaba a ser parte de algo sin ser recuerdo todavía. Algunas veces me preocupaba por los efectos de tal singularidad, cualquiera que la viera coincidía en decir que era la semilla humana más mágica de todas las que habían conocido, más no había nada más que se pudiera hacer. Mi mujer y yo lo vivimos también: llegamos a estas tierras con una pregunta, en busca de algo, y ahora ni siquiera recuerdo cuáles eran las palabras que utilizábamos para expresarlo. La seda era verdaderamente fina y flexible. Todo lo que tocaba se encendía de vida, cada fruto fue delicia, y si se me permite, estuvo ahí dios.
Los años transcurrían y yo empezaba a cambiar: podía percibir las fragancias de las personas desde el pórtico de casa. Miré cada uno de esos gestos por más o menos quince años, perplejo, descubriendo algo. Mi mujer los observó también, con las cejas apuntando hacia todas direcciones. Tenía la sensación de que durante ese tiempo las cosechas más prósperas ocurrían por dentro de la gente. Hay algo que hoy me tiene dando vueltas en la cabeza: si hago memoria, no hubo viajero que pasara de largo sin antes mirar con asombro a nuestro pueblo; Terminaba ramificándose y afianzándose tierra adentro. Con cierta nostalgia los turistas se unían unos días, sabiendo que antes de lo deseado tenían que volver a seguir su horizonte. El deseo no tenía fin allí. Se daban vuelta al final del camino para mirar lo que dejaban. De niña, Elizabeth miraba a través de ellos una ventana en donde se traslucía un afuera misterioso para ella, sabía que había más vida allá afuera por el aire que traían ellos. Pero creció sin poder verlo, nunca salió del pueblo. En todo caso, sigo pensando que no existía ni existe algo tan único cómo eso que había provocado el nacimiento de mi hija. Para mí es bien sabido que la costumbre actúa en modo parecido, los paisanos nunca se dieron cuenta, pero nosotros no sabíamos que lo maravilloso se presentara así.
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-¿Qué es comunicar, Emilio?
- No lo sé muy bien, qué piensas tú.
-No lo sé, no estoy tan segura que ocurra de verdad.
-Es verdad, no podemos estar seguros.
-¿Nunca?
-Creo que no... la comunicación se dibuja y desdibuja en el reverso de la portada de un libro. Alguien lo perdió.
- Nadie podrá descifrarlo...
-Eso no es tan cierto...el mapa puedes hallarlo. Está escrito en una flor que crece todos los días y decrece todas las noches, bajo la tierra de un desierto. ¿Sabes la historia de los dioses que jugaban go?
- No, no la sé, ¿eso es lo que me enseñarás ahora? Por eso subí la montaña, ¿verdad?
-Nadie puede engañarte, ¿no es así?...Los dioses se encuentran a kilómetros de allí, presenciando a la flor. Sentados en la punta de una montaña hacen sonar la madera, repiqueteando las piedras de diamantes. Nace el día y la noche. Mueren días y noches. Mirando al sol, en su contra, el techo oscuro de la humanidad se enternece. El norte del mundo camina, su corazón pesa aún. El sur, poblado de conocimientos, termina siendo lenguaje antiguo. Más tú eres una de las arqueólogas que puede descifrarlo, tu duermes en el interior de un hombre que está por formar su existencia.
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