El amor, un tema favorito en el hombre-.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS-.

domingo, 15 de abril de 2012

Las risas de al lado



Ayer descubrí un secreto de nadie. Hace tiempo era de nosotros, caminábamos sobre un terreno donde él se escurría en subterráneo, un camino recto lleno de arena. El sol rebotaba allí, en las pequeñas piedras que lo formaban. Luego algo mutó. Nosotros éramos los dos. El secreto todo en un juego de ping pong. Al final resultó que la pelota viajaba en infinitas direcciones. Se cayó al agua. Viajó al océano de al lado y nosotros éramos entonces ellos. Bajo la tierra se conectaban nuestras venas, similar a las venas de los árboles; por encima de ellas tu cuerpo viajó a España, y yo me quedé aquí, con un cuerpo hueco de tu abrazo. Ahora somos espectadores de un mismo cielo, de un mismo sol, dos carnes móviles distantes. Aquel camino recto debe estar trazado en ese mismo lugar selvático, quizás, los árboles lo adornan de extremo a extremo. Seguramente continúan exhalando el viento: el eco de aquello que nos ocurrió. Sonrío; es el pasado nuestro cuando los extranjeros se mueven por ahí.

Así fue: el secreto que descubrí no llevaba palabras encima, lo vi completo y sólo igual de dinámico a la vida. Era como un bolsillo sin cambio, fotografía de alguna época legendaria, perteneciente a un rey lleno de riquezas. La jornada de anoche fue música cuando esta intimidad se presentó, vibró cómo el primer fuego que despertó al primer hombre. Cada palabra tiene un faro, cada palabra tiene un mar nocturno, y cada posible forma es una semilla del tiempo. Nosotros, los dos, ellos. Lo que parecía sobrar ahora cobra más sentido. Por fin, el secreto. Los edificios, las calles, todas las imágenes, algunos paisajes se han movido unos cuántos centímetros, no se cómo y no se cuándo. Tengo palabras que podrían decirte: "me encantaría habitar todos tus faros y tus mares noctámbulos", más aún tengo otras que susurran: "pero entonces me convertiría en un puñado de centavos sucios". Algo me dice que hay cambios que no pueden darse: sigo en ser humano, sigo queriendo ser testigo de tus personajes, - (claro) - de los míos, aunque ya entendí que este secreto nuevo insiste en quedarse desnudo de palabras.

-Esto es imposible-, me dijiste. Lloré; durante la metamorfosis de mi vida, vivir sin ti era casi imposible para mí. -¿Estar consciente de la posibilidad de ser pareja de alguien más, alguien mejor que la persona con quien estás, es necesariamente conocer a una nueva persona?-, te reías de mí, lo sé. Esa persona todavía no tiene rostro, pero, es gracioso: no le hace falta para que pueda existir. Aún así, el destierro más hondo es saberme sin tus ojos mirándome.
- Cuéntame algo lindo-, dice tu última carta; vivo en un lugar donde se muda de piel. ¿Sabes?, lo más lindo que tengo para decir se escurre cuando trato de decirlo. Creo que te gustaría verme de nuevo bailar, un nuevo sonido. Ahora - ¿por qué no? -, puede ser que volvamos a estar juntos alguna vez.

Cuando tenía 21 años escribía constantemente. En mi cuaderno de apuntes lo encontré: "Prometerse amor eterno cuando se está enamorado a primera vista es crearse una idea muy apresurada, sin fundamento. Ese tipo de libertad es tan compleja que se necesita de vida para llegar a argumentarla, se necesita de tiempo para hacerlo funcionar". Luego, más adelante escribí: "Todos tenemos una especie de tribus urbanas en la ciudad de la personalidad: nos maquillamos, viene una máscara, escogemos la vestimenta adecuada, y luego personificamos una energía. <Ahora soy bueno> -decimos-, <ahora soy malvado, ahora soy víctima, ahora soy ignorante, ahora soy insignificante, ahora soy culpable, ahora soy cobarde, ahora soy valiente, ahora soy optimista>-, y así sucesivamente; ¿Por qué hacemos esto?".
Esas preguntas se han ido. Sigo sin respuestas, sigo caminando entre tinieblas plagadas de fantasmas invisibles. La capital de mi patria dejó de ser esa, hace tiempo ya. Estos fantasmas cobran vida por sí mismos, se asemejan a un círculo perfecto. Mi patria es tan inmensa que quizás una vida no me baste para recorrerla. Tal vez lo único que los conecta conmigo es el instante. Desde la muerte se despliega en la estratosfera de la vida el dibujo de un rostro a través del recuadro de mi mirada, consigo crear facciones etéreas dentro del ensueño, mi país no encuentra sus propias fronteras, la nave de mi alma me libera.


Te regalaré el secreto cuánto antes. La entrada a él puede ser una pregunta. Quiero saber: ¿qué es lo que más anhelas?

Tuya...


pd: Continúa la contra cara de la página, anoté: "Las risas de al lado son risas de extraños que habitan mi casa, risas que podrían venir de cualquier rostro. Me siento tan sola, abandonada. ¿Por qué caen mis lágrimas?¿Dónde está la casa de mi añoranza? ¿Dónde encuentro ese templo perdido que buscan tantísimos héroes? ¿En dónde habita la gracia? Nunca he sido persona religiosa, el despropósito del mundo me sigue fascinando, hay preguntas de las que la pasión depende: si llegáramos a encontrar su origen, su causa, entraríamos en un acorde más y más agudo, terminaríamos por quedar sordos. Pero por otro lado, este sufrimiento me va a dejar sin cuerpo".

2 comentarios:

  1. Encuentro aquí muchos instantes de la Elvira que más medita sobre sí misma, de una Elvira más oscura y más desconocida incluso para ella misma. También la música del tango, su cadencia, con la que ella también hace sintonía.

    Me gusta el mapa de sí que nos regala Elvira; en muchos de sus rincones la reconozco y en otros -que pueden ser los mismos- me reconozco. Lo más encantador es que, así sean los más inexpugnables y ocultos, sus recovecos son los que me hacen quererla más, quererla desde adentro.

    ResponderEliminar
  2. "En verdad, la Torá muestra una palabra y emerge un poco de sus estuche, para volver a ocultarse de nuevo. Pero esto sólo lo hace para quienes la conocen y la obedecen. Porque la Torá semeja una doncella hermosa y majestuosa, oculta en una cámara recluida de su palacio, que tiene un amante secreto sólo por ella conocido. Por su amor, él se pasea ante la puerta de la casa, mirando a un lado y a otro, en su busca. Ella lo sabe y entonces abre la puerta de su habitación, tan sólo lo suficiente para mostrarle su cara al amante, y de inmediato la cierra. Si alguien hubiera acompañado al amante, de seguro no habría visto nada ni tampoco habría comprendido. El amante es el único que la ve y se siente atraído por ella con todo su corazón y su alma y su ser entero. Sabe que ha sido por amor a él que ella se le ha mostrado brevemente, inflamada en amor.
    Así es con la palabra de la Torá, que nada más se revela a quien la ama".

    (Zohar, III, 99 a-b)

    ResponderEliminar