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Entrar fue la salida: el frío del invierno en París congelaba. Yo, entre la gente en espera de los vuelos internacionales, tenía una fuerte sensación; parecía que mi cuerpo no podría contener ningún calor. No tenía temperatura, si tuviera alguna tendría la posibilidad de modular algún clima interior, lo exterior estaría lejos de ser un partícipe, pero los sonidos de allí eran estridentes y constantes, eran ruido frío. Todo. La aglomeración de gente me ahogaba los pensamientos. Todas esas personas no estaban en París, y yo tampoco: el paisaje era una zona helada y rocosa, un horizonte sin norte ni sur lleno de agua congelada, solidificada en bloques como icebergs. Y yo era un punto escondido en el medio, flotando sola. Años antes conocí el camino que tenía que hacer para salir. Aún así, no existía geometría en ese sendero trazado en el pasado, mi olfato desaparecía en las manchas blancas de aquel paisaje, la cabeza estaba fría, era ahora un océano malhumorado y perdido, porque de repente yo no podía escuchar ni ver con claridad; ¿Cuándo crucé la entrada? ¿En qué momento hice lo que hice? ¿Me encontraba en el primer nivel, en el segundo, o en el tercero? ¿No estaba atrasada para tomar el avión? Todo esto era un misterio. Lo oculto se exponía a plena luz del sol, perdí la razón. Un lugar tan concurrido, tuve suerte, a muy temprana edad no lo hubiera sabido, todas las medidas necesarias para evitar este tipo de circunstancias molestas no bastan. La lógica, viajando por aquí tanto tiempo, y de repente algo inusual, nuevo, turbulento.
Tenía un bolso mediano de una sola tira colgado sobre el hombro derecho y una bolsa de plástico grande con el rostro de una chica al estilo pop de Warhol en la mano izquierda. Esta bolsa estaba cerrada con cinta adhesiva y yo desconocía lo que había en su interior. Era de esos encargos de un amigo de un amigo, no me hablaron de su contenido y yo no pregunté. El peso de la bolsa tampoco me decía gran cosa. Aunque la gente no quisiera, unos y otros se empujaban para atravesar las filas, los grupos de excursión y las grandes familias, abriéndose paso en contra. Sus objetos de viaje eran los antecedentes de sus objetos de permanencia, y eran también sus precedentes: pieles blancas cargando cosas de su casa en espera de bronceados nuevos para cargarlas de vuelta. La tregua de las vacaciones no se salvaba de la fuerza material con que se arma la vida cotidiana de la gente. El rostro de la chica al estilo pop se golpeaba una y otra vez contra estas valijas, causas y efectos de las vidas de los extraños. Andaba en dirección contraria, el tiempo. Algo se hizo pequeño. Sin reversa, todo a mi alrededor se empequeñecía, se apretaba. Un monstruo. Las conversaciones y las discusiones entre las personas pasaban de largo cómo el zumbido de animales que se transportan en el aire y muchas veces no ves, están cerca de ti pero son minúsculos y no significan nada.
Asumí que aún en estas circunstancias podría salir de allí; me miré las manos y me di cuenta que llevaba puestos unos guantes de cuero cubiertos de una tela térmica en el interior. Eran negros, muy elegantes. Nada tenían que ver con el resto de mi aspecto. Me daba un poco de vergüenza llevarlos puestos, aunque no opté por guardarlos en la valija. De todos modos era difícil imaginar que alguna persona pudiera fijarse en ellos, observar bien todo el conjunto que elegí para viajar y sacar una crítica de moda. "Hoy el tiempo no es amigo de nadie", pensé, y no sé por qué pero pensar esto me hizo sentir calma muy dentro. Docenas de personas sentadas en el piso cuidando sus mochilas bajo las pantorrillas, estornudando frío que se colaba por entre las narices. Este era el paisaje del tiempo, observándolos de paso cómo soldados acurrucados bajo las trincheras y esperando el llamado inicial para correr precipitadamente hacia la tierra de nadie, donde en la batalla no hay ya luz prometedora.
Poco antes de ver la última compuerta cerrada tras de mí, sentí que el aeropuerto colapsaría. En mi sueño, yo era una sobreviviente de último minuto, destinada a huir y contar la historia de cómo se veía la destrucción de todo desde arriba. Tal vez cuando aterrizara varias cámaras estarían instaladas en la entrada y nos entrevistarían a todos los pasajeros para hacer la recaudación de los testimonios correspondientes a una de las más trágicas pérdidas humanas y tecnológicas de los últimos tiempos: el aeropuerto de París.
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Definitivamente la época de navidad es un desastre: todo lo próspero es en realidad un disfraz de deudas, toda esperanza es el escondite para la continua insatisfacción. Hasta las caras plásticas de las azafatas no estaban tan dispuestas a ofrecer sus servicios como siempre, a producir el engaño facial acostumbrado. La única sensación de familiaridad era escuchar encenderse los motores. "Llegué a mi casa con alas", me dije; Una casa que había habitado estos últimos diez años y que ahora tal vez dejaría, a cambio de las huellas dactilares de Alejandro, otra vez invisibles, sobre mis manos.
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Definitivamente la época de navidad es un desastre: todo lo próspero es en realidad un disfraz de deudas, toda esperanza es el escondite para la continua insatisfacción. Hasta las caras plásticas de las azafatas no estaban tan dispuestas a ofrecer sus servicios como siempre, a producir el engaño facial acostumbrado. La única sensación de familiaridad era escuchar encenderse los motores. "Llegué a mi casa con alas", me dije; Una casa que había habitado estos últimos diez años y que ahora tal vez dejaría, a cambio de las huellas dactilares de Alejandro, otra vez invisibles, sobre mis manos.
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