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jueves, 8 de septiembre de 2011

Horas antes de Ana



El teléfono sonó unas tres o cuatro veces: las horas antes de Ana han tocado a mi puerta. Yo estaba sentado a la mesa del comedor tomándome un vaso de leche fría. Había tenido un día largo en la oficina. Mi trabajo es sencillo y habitual, me siento cómodo haciéndolo porque no me toma mucho esfuerzo. Todos los empleados recibimos una hora de almuerzo, la comida que preparan en la cafetería no está nada mal, la paga es buena y mis compañeros de trabajo son siempre cordiales, no hacen preguntas que no les corresponden. En realidad es un buen trabajo. A pesar de todo, ha sido un día largo. Tal vez fue por el nuevo reloj azul noche que colgaron en la pared frente a mi cubículo. Es un reloj de manecillas largas. No tiene escrito números para indicar las horas, excepto por el 12 de arriba. Los demás números están representados por puntos negros. A veces tardo un poco más en leer la hora en estos relojes. Me cuesta acostumbrarme a las cosas que necesitan ser interpretadas.

La señora que nos lleva los cafés a los escritorios trajo el reloj consigo debajo del brazo, sosteniendo la bandeja con los termos llenos de agua caliente y los vasos de plástico. Es una mujer que siempre lleva las cejas en forma de arco. Su expresión es extraña; pareciera llena de euforia, pero con el pasar de los días te vas dando cuenta que no. Es un gesto detenido, sus cejas de arco permanecen intactas como si hubieran sido pintadas por un fabricante de muñecos de porcelana o de títeres de madera. No importa las palabras que uses ni lo amable que puedas ser, sus cejas de arco no desaparecen. Por esta razón cada vez que la veo entrar por la puerta pretendo no haberla visto. Normalmente no consigo entender las expresiones en los rostros de las personas. La comunicación de este tipo no ha sido una facultad con la que haya nacido. Tampoco he podido desarrollarla. Me parece que son infinitos los códigos que se usan con el cuerpo, sus cambios son volátiles y erráticos, cada ser humano tiene más adheridos unos que otros, y sólo se llegan a reconocer espontáneamente en cada uno con el paso de los días. Es un trabajo de tiempo completo que te da, al final, un único puñado de resultados inciertos. Para ser sincero, el espectro de mi mirada camina por otros senderos. Aún así he encontrado la forma de identificar algunas generalidades, y en paralelo he dedicado mis talentos a ensanchar el lenguaje de mis palabras hasta lograr exactitud y síntesis. No digo ni menos ni más de lo que tengo para decir. Ser así me ha hecho sobrevivir a los malos entendidos. Ahora puedo mirar a los ojos a la gente cuando se dirige hacia mí. Pero si se aparece un rostro tan extraño como este, no quiero que me encuentre. Clavo los ojos sobre cualquier hoja que tengo en el escritorio, trato de imaginarme la habitación sin ese cuerpo y cuando ya no lo huelo ni lo escucho, levanto la mirada. Y, ¡oh, sorpresa!, esta vez había en su lugar un reloj azul que se me dificultaba leer.

El timbre del teléfono comenzó a sonar y yo creí que era mi vecino. Su nombre no lo recuerdo, pero si tengo presente que todas las veces que lo he visto lleva una camisa a cuadros. Hacía unos quince minutos había llegado a casa. Me desplomé sobre una de las sillas. Se me había olvidado por completo; encontré las paredes blancas de mi casa. Están recién pintadas. El teléfono seguía sonando. Mi vecino me saluda con un abrazo siempre que me ve y yo siento que el cuerpo me pica. No hemos compartido tiempo ni momentos juntos; aún así él insiste en este saludo. No lo comprendo: las palabras que utiliza conmigo son las mismas que utiliza con otros. El mismo tono, el mismo sabor desolado. El efecto de la pintura sobre las paredes es asombroso: pareciera que fuera una casa recién construida. Cuando recibí la casa estaba en buen estado, la heredé de mi único tío paterno. Nunca lo conocí. Nunca me hice una verdadera imagen de él. Mi padre casi no hablaba sobre su familia de origen. El teléfono no para de sonar. Pero si contesto voy a pasarme no sé cuántos minutos ahí, tratando de juntar todo lo que me dice mi vecino, tratando de poder extraer lo que realmente quiere de mí. Cuando imagino este escenario el cuerpo me pica de nuevo.

Gracias a mamá supe que mi padre y mi tío habían tenido una pelea hace muchísimos años atrás. Después de ese momento dejaron de hablarse. Luego mi tío murió y mi padre siguió atizando su silencio. La razón de la pelea es un misterio que el alma de papá guarda muy hondo. Si mamá no me hubiera contado todo el asunto cuando llegó la carta, yo nunca hubiera podido imaginarlo. La carta llegó en un día cualquiera. Ahí se declaraba que mi tío quería ceder todo lo que tenía a cualquier número de hijos que tuviera mi padre, todo por igual. Yo no tengo hermanos, así que la casa automáticamente quedó a mi nombre. Parece ser que mi tío no se juntó con ninguna mujer ni tuvo hijos. Tampoco se casó. Cuando leí la carta parecía más una nota de suicidio. Lo único que mi padre dijo fue: "Si quieres la casa, es tuya. Ya tienes edad suficiente para vivir solo". Y el rostro de mi padré se inmortalizó aquí, claro e inexpresivo.

El olor de la primera capa de pintura invade toda la casa. Cuando me mudé tenía 21 años y estaba perdido: los códigos de la gente eran un racimo interminable de preguntas sin respuestas que pudieran consolarme. Yo estaba extraviado en medio de un mundo del que no tenía acceso, rodeado de personas que nunca había podido presenciar en realidad. El ser humano era para mí un montón de extraños conocidos. Y creo que para el ser humano yo era algo parecido. Esas otras noches eran similares a estas. Pero distintas. Hoy las noches por las que transito se encuentran en un nivel más arriba de la espiral. Y las noches de mis 21 años se encuentran exactamente en el nivel inferior, en el mismo punto, en la misma curva. Pero distinta. El dolor tiene un comportamiento similar al del olor, invisible. Pero este dolor mío era único. Este dolor mío era terrorífico. Horas antes de la llamada de Ana ser un fantasma era mi destino. Mi mayor pesadilla era mi insomnio público. El mejor de mis sueños era mi solitaria vigilia.

"¿Diga?", "Soy yo", "¿Perdón?", "Soy yo, Ana". Gracias al cielo no era mi vecino. "¿Qué tal?", "Bien...¿cómo estás tú?", "Bien...", "¿Bien?", "Sí...¿y tú?"; no tengo mucho para decir: sigo sin reconocer su voz. "No me reconoces, ¿cierto?", "La verdad es que no puedo recordar tu voz. No te ofendas, pero por más que lo esté buscando, no me llega el recuerdo; ¿Me dirías quién eres?", "Soy Ana, la mujer con la que viviste por casi dos años", "Las paredes están recién pintadas. Sólo he puesto la primera capa. ¿Vivimos juntos aquí?", "Sí, fue unos meses después de que recibiste la casa", "Entiendo", "Llamaba para desearte un feliz cumpleaños", "Gracias", "¿Cómo has pasado el día?", "He tenido un día largo de trabajo", "¿Qué vas a hacer esta noche?", "No había pensado en nada en especial...creo que me quedaré en casa", "Porque yo quería invitarte a comer algo", "Oye, perdóname por no haberte reconocido apenas llamaste. Es extraño, pero no tengo ningún recuerdo de nuestra vida juntos", "No te preocupes, no tienes por qué disculparte. Lo más probable es que esto sucediera luego de separarnos.", "¿Ya lo sabías?", "Sí, tú eres así y fue de esta forma como te encontré, fue de esta forma cómo me enamoré de tí y te amé, y también fue la forma en cómo me despedí de tí, no hay nada que perdonar, siempre he creído que por más cosas que te pasen, por más experiencias que vivas, siempre tendrás algo en tu interior que te llevará a seguir siendo, así es cómo se desplegará todo lo que eres, no te sientas mal, yo sólo quería desearte un feliz cumpleaños, decirte que te pienso, me alegra que esté todo bien", "Gracias", "No hay de qué... Te deseo una linda noche", "Y yo a tì", "Un beso", y colgó.

El teléfono no repiquetea más. Ana y las horas antes han desaparecido. Hace unos minutos el día de mi cumpleaños terminó. No hay algún reloj colgado en una pared de casa. Me preparo para dormir y el olor de la primera capa de pintura me sigue hasta la cama y me atraviesa el cuerpo. Todo es blanco, todo es distinto. No sé cuánto tiempo ha pasado de este día que acaba de comenzar. La nueva noche está afuera de casa, lo sé. La nueva noche también morirá. Me meto entre la cama y cierro los ojos.

Entonces siento como si el olor tuviera un cuerpo: el mío.

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